
La alimentación en los niños con TEA es un reto, tanto para las familias como para los maestros. Quienes estamos con ellos sabemos bien que no se trata únicamente de “comer”, sino de acompañar un proceso en el que intervienen factores sensoriales, emocionales y relacionales.
La hora de comer, para un niño con TEA, se convierte en un ritual delicado, donde la paciencia, la calma y el acompañamiento del adulto juegan un papel fundamental. Es un proceso largo y pausado, en el que cada nuevo alimento requiere una preparación emocional y de confianza. No es diferente del resto de aspectos a trabajar. En su globalidad, colocarse en relación, aceptar lo que viene del exterior y tener curiosidad por las novedades que el mundo ofrece, son elementos que generan temor en las personas con autismo. Por tanto, el primer objetivo no puede ser que el niño coma, del mismo modo que el primer objetivo nunca puede ser que el niño se acerque a la actividad, juegue con otros niños o acepte las propuestas del entorno de forma inmediata.
En Carrilet trabajamos a partir de la relación y el vínculo con el niño. El adulto tiene un papel fundamental para poder trabajar todo el proceso de diferenciación, donde la presencia, la mirada y el sostén ayudan al niño a afrontar nuevos retos y a acompañarlo para acercarse sin tanto miedo a lo que viene de fuera.
Los primeros intentos de iniciar el proceso de acercamiento a nuevos alimentos en la escuela suelen ser de rechazo. El niño no prueba, rechaza e incluso muestra mucha resistencia. Estos momentos forman parte del proceso habitual en los niños con TEA, generando mucha angustia, tanto en maestros como en la familia, que hace aflorar el miedo a que el niño “no esté avanzando” o que “nunca logre comer y enferme”.
Pero debemos recordar que el proceso es gradual. Cada pequeño acercamiento es un gran paso, aunque no se traduzca inmediatamente en “comer”. Oler la comida, tocarla, mirarla o simplemente aceptarla en el plato ya significa un avance. El trabajo en equipo entre maestros y familia ayuda a todos a comprender que la resistencia inicial no es un fracaso, sino un proceso lento de aprendizaje.
Los niños con TEA tienen dificultades para reconocer su propio cuerpo y establecer relaciones con lo que viene del exterior. En la alimentación encontramos un espectro de dificultades que va desde una selectividad alimentaria severa, que puede llegar a afectar la salud física, hasta una ingesta compulsiva y voraz.
La boca es el primer lugar de exploración y relación con el mundo. Aceptar el alimento es aceptar lo que el otro ofrece. Podemos observar niños que cierran la boca, que rechazan que el alimento toque los labios o la lengua, o que tragan sin masticar. No hay que olvidar que muchos niños tienen graves dificultades para integrar la boca como parte de un cuerpo propio que configura su “yo”.
Cuando la cuchara no llega a la boca, debemos leerlo como parte de un proceso más profundo, una forma de intentar preservar un orden interno y una defensa frente a lo que perciben como intrusivo.
En el otro extremo del espectro, cuando la dificultad está en frenar la hora de comer y aparece una necesidad compulsiva de ingerir, también debemos entenderlo desde procesos globales más profundos.
Muchos familiares relatan, al igual que observamos los maestros en la escuela, que muchas veces esta ingesta compulsiva se da sobre todo en momentos libres, cuando no hay una rutina anticipada y conocida por el niño. Son momentos de vacío, en los que el niño con autismo puede no saber cómo pensarlos ni cómo llenarlos, porque posiblemente también haya dificultades para llenar el espacio libre con entretenimiento o juego. Así, comer o beber sin fin no siempre se refiere al hambre física, sino a esa dificultad para llenar el vacío, para autorregularse y sentirse seguro ante lo desconocido o lo no estructurado.
Por otro lado, también podemos explicar esta falta de freno al comer por las dificultades en la conciencia de las sensaciones interoceptivas, es decir, en la percepción de las sensaciones internas del cuerpo. Esto incluye señales tan básicas como el hambre, la sensación de frío o calor, o de necesidad de orinar. Cuando estas señales no se perciben con claridad, el niño puede no ser consciente de las señales fisiológicas de saciedad y seguir comiendo sin notar que está lleno. Tenemos, por tanto, un papel fundamental en acompañar estas sensaciones no integradas, ayudándolos a ser conscientes de que provienen de su propio cuerpo.
Entendiendo que el trabajo de alimentación no tiene que ver solo con el acto de comer, debemos pensar que el inicio del proceso comienza en el aula, fuera del horario de comedor; pudiendo trabajar los pasos previos mediante actividades de experimentación que fomenten la conciencia corporal, emocional y sensorial. Poner palabras a las sensaciones que experimentan, explorar texturas, movimientos, juegos de olores y sabores, actividades visuales y auditivas… la integración de estos estímulos, junto con rutinas estructuradas y espacios de calma, ayuda a los niños a regularse, reconocer sus emociones y sensaciones, y prepararse para experiencias más complejas como la alimentación.
Queda claro, por tanto, que comer no es solo un acto alimentario, sino una experiencia sensorial y emocional que el niño debe procesar lentamente. Es importante respetar el ritmo del niño y su manera de acercarse a la comida, ya que la necesidad de control y de vivir en un entorno previsible es vital para ellos, y esto hace que sea muy difícil aceptar y tolerar los cambios. Será importante establecer una rutina clara, una estructura, anticipar qué se va a comer y cuándo terminará. Explicar al niño qué comerá —con palabras, imágenes o ambas cosas—, cómo se presentará el plato y cuándo se acabará, le permite reducir la ansiedad que genera lo desconocido. Saber lo que vendrá hace que la situación no se viva como una amenaza, sino como una secuencia comprensible y limitada en el tiempo.
El niño debe vivir esta experiencia de forma positiva, haciendo pequeños acercamientos que, al principio, serán por ejemplo ver trocitos muy pequeños de alimentos en el plato que solo deberá mirar, tocar con las manos, oler, aplastar… Muchas veces vemos cómo el niño se sienta frente a su plato y observa cada alimento como si fuera un objeto extraño que necesita descifrar antes de probarlo. Lo mira, lo toca, lo huele… pero no lo ingiere.
Cada intento de llevar la comida a la boca puede tomar minutos, horas, días o meses… y estos tiempos tan lentos en algo que afecta directamente a la salud generan angustias profundas en la familia y en los maestros.
Será necesario, como decíamos, trabajar en equipo para tolerar estos tiempos lentos y saber observar pequeños cambios que indiquen que estamos avanzando. A veces el niño lleva la cuchara a la boca, la acerca, se detiene, la observa, la retira y vuelve a dejar el alimento en el plato. ¡Y eso ya es un gran paso! Significa que ve el alimento y que está intentando entenderlo.
El proceso es lento, y comprender cómo viven los niños con autismo la hora de comer será crucial para pensar cómo acompañarlos. La estructura, la repetición y la seguridad que ofrece el adulto en toda esta experiencia, en silencio, con calma, sosteniendo y acompañando sus miedos, ayudan al niño a dar pasos hacia adelante.





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